PAISAJE
El aprendiz contempla la isla de Mallorca desde la alta azotea del colegio. Un gallo canta. Unas golondrinas pían. Dos aguilillos, que llaman en Andalucía, que aquí llaman "xoriguers" y en otros lados halcones, sobrevuelan el monasterio de las monjas chapadas, enclaustradas, encerradas, tancadas. A su derecha, al fondo, a menos de una legua, el pueblo de Selva con su babero de almendros, algarrobos y pinos. Una franja de nubes blancas entrevela las montañas. Ha parado de llover y el aire bufa fresco. Una guirnalda de estratos del puro albo al claro gris rodea la isla. Por la parte del Alcudia, el noreste, un trocito de mar se ve a lo lejos. Hacía el otro costado, hacía Palma, en el cielo se levantan, altos, dos cúmulos inmaculados.El azul que se ve varía del celeste sutil, al matérico añil. No ve las cumbres de la sierra de Tramuntana donde mora su amigo querido, que los ignorantes suponen muerto. Sus comunes amadas montañas.

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