lunes, 19 de julio de 2010

Memoria breve de una depresión

Cada día se levantaba más cansado. El cuerpo y la mente agotados. Sabe que acaba de entrar en una depresión que lo invalida para seguir trabajando. Va al médico cuando ya no puede más y éste le da la baja para largo. Le da unas pastillas y le dice que pida cita para el psiquiatra.
Su estado es lamentable, noches de pesadillas y días de acidia. La acidia es un estado mórbido de abulia (agotamiento de la voluntad, se dice en el I-Ching), de descreimiento, de desesperación, de abandono, de engaño y de lo mismo da que da lo mismo, de nada le importa, nada le afecta, ni para bien ni para mal.
Siente como que la vida lo ha molido hasta el extremo de la total insensibilidad. Se rebela contra la mujer que lo abandonó, contra los hijos que aún dependen de él, contra el ambiente del trabajo, contra todo lo que ha ido minando su salud hasta convertirlo en nada. Sólo salir a la calle le produce pavor.
Piensa que ha fracasado en la vida pero no le importa nada. Sufre porque ni siente ni padece y ese es un sufrimiento mucho peor que todos los sufrimientos físicos y mentales que ha tenido antes. Ni el dolor de muelas que lo llevó a la alucinación, ni el de riñón que lo tuvo encorvado horas y horas, ni las costillas rotas, ni tan siquiera el abandono de su mujer alcanzaban todos juntos al dolor que sentía.
Se tomó dos pastillas y le dio la sensación de que lo convertían en un tonto feliz, así que las dejó. Pasó cerca de un mes antes de que lo recibiera el psiquiatra. Lo escuchó y le aumentó la dosis de fármacos. Por el seguro de la empresa lo llamaron para que lo viese otro facultativo, en su caso una mujer. Se sinceró con ella y le dijo que no estaba tomando las pastillas, porque pensaba que en lugar de curarlo, bloquearían el proceso de curación. Ella lo entendió y le dio el número de teléfono de un sanador.

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