Prometí escribir sobre la siquiatría, y no le pongo la p, porque lo que oficialmente llaman así tiene más que ver con el higo que con la mente.
Un periódico isleño, el que pasa por ser de izquierdas, convocaba a una conferencia sobre la depresión, a cargo de un hombre que al que se atribuía no sé que subdirección de un hospital advocado de san Lázaro, el de la lepra.
No puedo irme por los bardos, que dicen en mallorquín, bardissas, tengo que entrar por la puerta principal, como un señor, y no como un apestado. No me reinvidico sólo a mí mismo, sino también a todas las personas que padecen ese síndrome que llaman depresión.
El hombre empezó su conferencia con su ordenador y su pantalla. En cosa de media hora corta fue explicando de forma muy sucinta, la mayoría del tiempo sólo leía lo que todos sabíamos leer.
Lo archisabido, los tres grados de la depresión en función de su intensidad y de su origen, unos consejos de perogrullo y una lista de medicamentos.
La verdad es que no esperaba más, pero al menos pensaba que podría intervenir siquiera cinco minutos para dar mi visión del problema y hacer alguna pregunta. Empezaron a levantar la mano varias personas. Una a una fueron haciendo sus preguntas al ponente y éste respondiéndolas. Levanté yo también la mano y esperé a que me tocara el turno.
Con voz alta y clara dije que había que haber pasado una depresión para entenderla. El público permaneció mudo, pero no pude entender, como en otras ocasiones entiendo, el significado de ése silencio. ahora podría tal vez adivinar que aquel silencio fue de total asombro. Inconsciente en algunos casos, consciente en otros. El experto me interrumpió para, como dicen en Mallorca, decir la suya. Los siquiatras, habló, sí que sabemos como se sienten los deprimidos. La encargada del micro me lo quitó de la mano y yo seguí sin ayuda dicendo que lo peor de la depresión es la sensación de ni sufrir ni padecer. Volvió a intervenir el médico para explicar que esa sensación era una consecuencia de la ingesta de pastillas. Como no he tomado pastillas para la depresión nunca, deduje que no me había entendido, que confundía los síntomas de una depresión con el estado de atontamiento producidos por las drogas de la farmacia.
Entonces tomé de nuevo el micrófono contra la voluntad de su portadora, que me dijo que había mucha gente esperando. Pregunté si el enfermo estaba obligado a tomar la medicación. El siquiatra respondió que mientras no hubiera riesgo por la propia vida o por la de otros el paciente tenía la última palabra. Menos mal.
domingo, 27 de junio de 2010
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