Obligaciones familiares lo interrumpen de tiempo en tiempo, pero su mente vuelve a su paseo del día anterior.
Le cuesta un gran esfuerzo volver a plantarse en la misma puerta del primer edificio en el que vivió en la gran ciudad. Entonces le parecía un lugar limpio y tranquilo. En el primer piso había una academia de baile, en los dos restantes sendas pensiones. A ambos lados había dos cafeterías siempre bulliciosas donde los artistas del próximo teatro pasaban sus tiempo libre.
Estaban cerradas, sin rastro siquiera de sus nombres. El edificio amenaza ruina y sólo funciona aún la pensión de la Sagrada Familia.
La plaza a la que tanto amó, es hoy tan sólo la terraza de quince o veinte cafeterías todas nuevas, menos la suya de siempre, la Teutona. Pero ya no es el aspirante a escritor que fue, el joven rebelde y romántico. Una estatua de Lorca mira la fachada del teatro nacional.
Tiene ganas de tomar un café, pero no encuentra un sitio a su gusto en su camino hasta la plaza de las Cortes. Una pareja de policías gigantescos, musculados como dos hércules, hablan sobre educación física y el aspirante se queda con la copla y se siente ridículo en su cuerpo mercurial.
jueves, 16 de julio de 2009
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