jueves, 16 de julio de 2009

El aspirante recuerda bares que treinta años atrás fueran parada en sus trabajos, pero ya no existen fisicamente.
Mira a las sirenas que otrora buscara, pero sus cantos ya no le seducen. Busca un banco en la plaza que hay al oeste de la calle de las venales, pero no lo encuentra, al final se sienta en el cerco de hormigón de un árbol, pero a la nada un pájaro se caga en sus pantalones. Se levanta y se dirige al último tramo de la calle que llaman como gorro de un torero. Hombres anuncios orientan a los paseantes hacia las casas de empeño.
Siente la angustia del paro y las necesidades económicas de las gentes que van y vienen y un resto de rabia abre un momento los ojos en su corazón.
La Gran Plaza del Pueblo, el lar, el hogar de todos los que se sienten solos está velada por una nube de polvo, en obras toda ella.
Mientras recuerda, el aspirante piensa y siente otras cosas que ayer, o acaso siente y piensa las mismas cosas pero con más consciencia. Se rebela contra la economía del despilfarro en la que los buitres devoran las últimas piltrafas.
No puede dejar de mirar el edificio en el que lo encerraron, por su osadía de libertad, cuando era joven.

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